reencausar el conocimiento mao
Credit: Christian Orrego

Pereira no es solo la ciudad donde nací, es la ciudad de donde vengo; y venir de un lugar
no es simplemente haber vivido en él, sino cargar con la memoria de quienes estuvieron
antes, cuando todo estaba por hacerse y aún nada estaba garantizado.

Mi origen está fuertemente ligado a la Pereira del siglo XX, cuando aún pertenecía al
departamento de Caldas y era más una promesa que una ciudad; un tiempo donde los
territorios no se nombraban por barrios, sino por encuentros; uno de esos lugares
emblemáticos fue el Páramo.

En sus inicios, el Páramo fue una tienda donde mi bisabuela forjaba la luz; sus velas,
moldeadas a mano, creaban ese juego de claroscuro que dotaba de intimidad a los
hogares de la villa. Esa luz titilante obligaba a los tertulianos a acercarse, a bajar la voz, a
encontrarse; así, así poco a poco el Páramo se transformó en el epicentro del encuentro
de la vida cultural y musical de Pereira, el sitio donde se gestó la identidad de la región
entre poetas, músicos e intelectuales.

Imaginémonos aquel entorno: la noche no se interrumpía con la frialdad de una bombilla, sino que se decoraba con la calidez de la cera que, al consumirse, marcaba el ritmo de las cuerdas, mientras en las mesas se pulían los versos de «La Ruana», en las manos de mi bisabuela se forjaba la visibilidad en un mundo de sombras, ella era artesana de aquel combustible invisible, para que Luis Carlos González  pudiera ver la servilleta donde escribía o para que los músicos encontraran los trastes de sus tiples, aquellas velas no solo iluminaban; encendían la inspiración.

En este mismo escenario, al compás perfecto de guitarras y tiempo, aparece la figura de
mi abuelo, Arturo Orrego Montoya. Él perteneció a esa estirpe de abogados para quienes
la ley no era un frío código, sino un compromiso sagrado con el territorio, así que mientras en la penumbra de aquel sitio de encuentro se creaba el arte, él,  desde su despacho, forjaba la arquitectura institucional de nuestra tierra.

En una Pereira naciente, su labor trascendía el litigio:  este era el ejercicio que
permitía ordenar la vida común y dar forma a una sociedad en pleno vuelo. Mi familia, la familia Orrego Montoya, aparece en esta historia desde el arranque, pero desde lo
cotidiano, con un trabajo que no tiene estatua, pero que sostiene los cimientos de la
pereiranidad.

Hablar hoy de El Páramo y de nuestras raíces no es un ejercicio de nostalgia, es un acto
de memoria viva, la historia de una ciudad también se explica desde sus tiendas, sus
canciones y la rectitud de sus ciudadanos, porque  una ciudad sin memoria es solo un
conjunto de calles y un mapa de asfalto; pero Pereira, al menos para mi, es una herencia
viva.

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