Durante miles de años, los océanos han funcionado como un regulador silencioso del clima terrestre. Un nuevo estudio científico sugiere que, en plena última era glacial, una masa de agua excepcionalmente salina alojada en las profundidades del océano Índico desempeñó un papel clave en la contención del dióxido de carbono y en el enfriamiento del planeta.

La investigación, liderada por geocientíficos marinos de la Universidad de Rutgers, identificó un aumento abrupto de salinidad ocurrido hace unos 20.000 años, coincidiendo con el inicio del fin del periodo glacial. Según los investigadores, esta concentración de agua densa y salina —descrita como una “burbuja” atrapada en las capas abisales— emergió justo cuando la Tierra comenzaba a experimentar un rápido calentamiento.

Los resultados, publicados en Nature Geoscience, indican que esta masa salina contribuyó a mantener el CO₂ almacenado en el fondo marino durante milenios. Al dificultar el intercambio entre las aguas profundas y la atmósfera, el océano logró retrasar la liberación de carbono, ayudando a estabilizar el clima global durante ese periodo crítico.

Para reconstruir este fenómeno, el equipo analizó microfósiles marinos conocidos como foraminíferos, cuyos restos químicos permiten inferir la temperatura y salinidad del agua en la que vivieron. Las muestras fueron extraídas de sedimentos ubicados entre el océano Índico y el océano Austral, frente a la costa occidental de Australia, una región clave en la circulación oceánica del hemisferio sur.

Los datos revelaron no solo un aumento sostenido de la salinidad, sino también un “envejecimiento” de las aguas profundas, lo que sugiere una conexión prolongada con masas de agua antiguas y altamente salinas. Esta combinación refuerza la hipótesis de que un reservorio salino glacial se desplazó hacia capas intermedias, alterando la dinámica de las corrientes subantárticas y, con ello, la circulación global del océano.

Durante los periodos fríos, la circulación oceánica tiende a ralentizarse, permitiendo que aguas densas y frías se hundan con mayor facilidad y transporten grandes cantidades de carbono hacia el fondo. En ese contexto, el océano profundo actuó como una gigantesca bóveda de almacenamiento de CO₂, contribuyendo al enfriamiento del planeta.

Sin embargo, al finalizar la glaciación, ese equilibrio comenzó a romperse. Los modelos climáticos sugieren que la irrupción de esta masa salina pudo haber reforzado la formación de aguas profundas en otras cuencas, como el Atlántico, impulsando una reorganización de la circulación oceánica hacia el patrón que conocemos hoy.

Aunque el estudio se centra en procesos ocurridos hace miles de años, sus implicaciones son relevantes para el presente. En un escenario de calentamiento acelerado, la capacidad del océano para absorber y retener carbono se encuentra bajo presión. Sin estructuras densas y estables como las que existieron durante la era glacial, gran parte del CO₂ capturado por las aguas superficiales podría regresar más rápidamente a la atmósfera.

Los investigadores advierten que el océano Austral sigue siendo una región crítica para entender el futuro climático del planeta, ya que es uno de los pocos lugares donde las aguas profundas ricas en carbono emergen de nuevo a la superficie. Comprender estos procesos, concluyen, es esencial para anticipar cómo responderá el sistema climático global en las próximas décadas.

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