Hablar de Venezuela desde fuera no da derecho a hablar desde el dolor ajeno, pero
tampoco obliga al silencio total, no se puede narrar una crisis que no se ha vivido en
carne propia, pero sí se puede mirar sus efectos cuando ya no se quedan dentro de sus
fronteras. Desde Colombia y desde América Latina, la pregunta dejó de ser si nos importa y pasó a ser ¿qué va a pasar?
La relación entre Estados Unidos y Venezuela nunca fue un asunto de principios, pero si
ha estado marcada por intereses estratégicos, económicos y geopolíticos; cada vez que
Washington endurece o flexibiliza su postura, las consecuencias no se quedan en el
discurso diplomático se sienten en la región, especialmente en los países vecinos,
Venezuela dejó de ser hace tiempo un asunto interno; su crisis se volvió regional.
Hoy Estados Unidos cambia de tono no por convicción sino por conveniencia. El petróleo volvió a pesar, la migración presiona su política interna, la presencia de otras potencias en Venezuela incomoda una hegemonía que ya no es indiscutible. Del otro lado, la dictadura venezolana ha demostrado que sabe resistir, negociar cuando conviene y esperar cuando la presión se agota.
¿Qué puede pasar? Los escenarios son conocidos, una crisis administrada, sostenida,
prolongada; La negación, estabilidad sin transformación profunda; El cierre, más
sanciones, mas aislamiento, más presión sobre una sociedad ya agotada.
Para Colombia, no hay escenario neutro, cualquiera implica más migración, más tensión
social, más presión sobre servicios públicos; una eventual estabilización también podría
significar menos desplazamiento forzado y más intercambio económico regional.
La pregunta no es solo qué va a pasar con Venezuela, es cuánto más puede este país
seguir reaccionando tarde a problemas que ya la atraviesan. Porque esta crisis no se mira desde afuera. Se vive desde el borde. Y el borde ya está acá.

