Durante años, el avance imparable de los desiertos fue una amenaza directa para China. Las tormentas de arena sepultaban cultivos, afectaban ciudades enteras y ponían en riesgo carreteras, ferrocarriles y la seguridad alimentaria. Frente a ese escenario, el país decidió actuar con una estrategia que combinó ciencia, trabajo humano y soluciones sorprendentemente simples.
A comienzos del siglo XXI, casi el 30 % del territorio chino ya presentaba algún grado de desertificación. El desierto de Gobi avanzaba más de mil kilómetros cuadrados por año, y el fenómeno conocido como “polvo amarillo” llegaba con frecuencia a grandes ciudades como Pekín. El problema dejó de ser solo ambiental: se convirtió en una cuestión económica y social.
La respuesta no fue únicamente tecnológica. China apostó por una idea básica pero eficaz: usar paja dispuesta en forma de cuadrícula para inmovilizar la arena. Estas barreras, conocidas como “rejillas de paja”, reducen la velocidad del viento, fijan el suelo y crean las condiciones mínimas para que la vegetación pueda crecer.
El método demostró ser altamente efectivo. En determinadas zonas, el desplazamiento de arena se redujo hasta en un 99 %. La paja dejó de ser un residuo agrícola para transformarse en una herramienta clave de ingeniería ambiental, aplicada a gran escala en regiones desérticas.
Sin embargo, plantar árboles por sí solo no era suficiente. Las dunas activas no ofrecían humedad ni estabilidad para que las raíces sobrevivieran. Por eso, el país trabajó en dos frentes al mismo tiempo: estabilizar el suelo y reforestar. La arena primero debía dejar de moverse para que la vida pudiera regresar.

La magnitud del proyecto exigió fuerza humana y mecanización. Se desarrollaron máquinas capaces de cavar zanjas, colocar la paja y cubrirla con arena en una sola operación, reduciendo el trabajo manual y aumentando la eficiencia. Estas estructuras pueden durar hasta seis años, el doble que los métodos tradicionales.
La estrategia se aplicó también para proteger infraestructuras clave. Ferrocarriles históricos y carreteras que cruzan zonas desérticas lograron mantenerse operativas gracias a estas barreras, evitando que la arena las sepultara. Lo que comenzó como una solución ecológica se volvió una prioridad económica.
Debajo de la paja, la ciencia hizo su parte. Investigadores impulsaron el uso de biocostras: comunidades microscópicas que crean una “piel viva” sobre la arena, uniendo sus partículas y reduciendo la erosión. Mediante técnicas de laboratorio, estas biocostras se reprodujeron y aplicaron de forma artificial para acelerar procesos que, en la naturaleza, tardan décadas.
Los resultados fueron notables: menor erosión, mayor retención de humedad y una base fértil para la germinación de plantas. En algunos casos, incluso sin vegetación visible, la arena dejó de desplazarse.
China fue más allá y experimentó con la transformación directa del suelo. En zonas piloto, se mezcló biomasa vegetal con aglutinantes biodegradables, creando una estructura similar a la tierra fértil. Cultivos que antes eran impensables comenzaron a crecer con riego mínimo, demostrando que la arena podía volver a ser productiva.
Los cambios ya son visibles. Millones de hectáreas de tierras degradadas fueron recuperadas y la frecuencia de las tormentas de polvo disminuyó de forma significativa en el norte del país. Donde antes había dunas móviles, hoy hay vegetación, aire más limpio y nuevas oportunidades económicas.
En regiones como el desierto de Kubuchi, la restauración ambiental impulsó el turismo y generó ingresos sostenibles para las comunidades locales. La recuperación del ecosistema dejó de verse como un gasto y pasó a entenderse como una inversión a largo plazo.
La experiencia china demuestra que no existe una solución única frente a la desertificación. El éxito estuvo en la combinación: paja, ciencia, reforestación, biología y trabajo humano coordinado. Un modelo que transformó paisajes enteros y que hoy es considerado una de las mayores recuperaciones ambientales del planeta.

